NUESTROS ANCESTROS YA USABAN EL FUEGO HACE CASI 1,8 MILLONES DE AÑOS, MUCHO ANTES DE LO QUE PENSÁBAMOS

Una cueva en Sudáfrica, huesos de micromamíferos que brillan bajo luz azul y un rango temporal que empuja hacia atrás la historia del fuego casi dos millones de años. Pero no es lo que parece.

Hay una pregunta que los paleoantropólogos llevan décadas intentando responder con más precisión: ¿cuándo pasamos de simplemente topar con el fuego, como lo hace cualquier animal que huye de un incendio forestal, a llevarlo con nosotros? La distinción no es menor. Entre ambas cosas se abre una brecha conductual que algunos investigadores consideran una de las transiciones más importantes de la historia de nuestra especie, o de la de aquellos que todavía no eran nuestra especie, pero ya caminaban en esa dirección.

Un estudio publicado el 1 de junio de 2026 añade nueva evidencia al debate. El trabajo, firmado por un equipo internacional con participación de la Universidad Nacional del Sur-CONICET, la Universidad de Toronto, el Weizmann Institute of Science, el CSIC, el Natural History Museum de Londres, la Universidad del Witwatersrand y la Universidad Hebrea de Jerusalén, analiza 161 huesos de micromamíferos extraídos de dos estratos de Wonderwerk Cave, una cueva en la provincia del Cabo del Norte de Sudáfrica. La conclusión: hay evidencia de combustión espacialmente pautada y recurrente en el interior de la cueva, compatible con que homininos del Pleistoceno temprano introdujeran y mantuvieran fuego hace entre 1,07 y 1,79 millones de años.

Lo que hace única a Wonderwerk
Las cuevas importan en arqueología del fuego por una razón técnica sencilla: el interior de una cueva es un entorno que los incendios naturales no suelen penetrar. Si se detecta combustión a decenas de metros de la boca de la cueva, la explicación de que una chispa externa encendió la hierba seca pierde mucho peso. Y en Wonderwerk, los estratos 10 y 11, que son los que estudia este trabajo, se encuentran en la zona interior.

Los huesos analizados en los estratos más profundos de Wonderwerk muestran señales de combustión que no encajan bien con ningún origen natural externo. Lo que queda es la hipótesis del uso deliberado por homininos.

El equipo dirigido por María Dolores Marin-Monfort aplicó un protocolo de luminescencia no invasiva sobre 187 huesos en total. La técnica aprovecha el hecho de que los huesos quemados pierden su señal de luminescencia de forma característica: cuando se exponen a luz controlada en el laboratorio, no emiten la respuesta esperada de hueso no alterado, sino una diferente, reconocible, que permite distinguir combustión real de otras alteraciones como la fluoridación o el depósito de manganeso, que también pueden cambiar el color de los huesos y que a veces se confunden con rastros de fuego. Para validar la lectura, el equipo cruzó los resultados con espectroscopía infrarroja por transformada de Fourier, conocida como FTIR. En el estrato 11, 32 huesos de color blanco o grisáceo dieron positivo en ambas pruebas.

Qué significa “usar” el fuego
Vale la pena comprender cuatro cosas antes de seguir leyendo, porque se confunden con frecuencia: el contacto pasivo con el fuego, el aprovechamiento oportunista, el transporte y mantenimiento de brasas naturales, y la producción deliberada. Son cuatro estadios distintos, con implicaciones cognitivas y conductuales muy diferentes.

Lo que el estudio de Wonderwerk Cave puede apoyar, como máximo, es el tercero. No hay evidencia de que los homininos del estrato 11 fabricaran fuego desde cero. Lo que los datos son compatibles con es que introdujeran brasas de fuentes naturales externas y las mantuvieran encendidas dentro de la cueva, de forma recurrente y en zonas específicas. Eso ya es una hazaña conductual notable: requiere reconocer el valor del fuego, transportarlo, protegerlo, alimentarlo con combustible y, presumiblemente, coordinarse para hacerlo.

Y es que la arqueología del Pleistoceno temprano lleva décadas intentando precisar este umbral sin conseguir un consenso claro: Wonderwerk es una pieza más, aunque sólida, en un mosaico todavía incompleto.

¡Ojo! El estudio no observa ninguna de esas conductas directamente. La atribución a homininos es una inferencia basada en tres cosas: la localización interior de los hallazgos, la asociación arqueológica con industria lítica achelense, y la exclusión razonada de alternativas naturales. No hay huellas de homininos en la cueva, no hay restos de hogar estructurado al estilo de los del Paleolítico medio o superior, y la especie responsable no está identificada con certeza. Los autores sugieren Homo erectus, que es la especie más plausible para el período y el lugar, pero lo hacen con la cautela correspondiente. ¿Alguien tuvo que ser, no?

La humanidad antes de ser la humanidad que conocemos
La terminología de la evolución humana es un terreno donde la divulgación tropieza a menudo., así que vamos a darle un pequeño repaso, por si te has preguntado por qué hablábamos de homininos en vez de homínidos, por ejemplo:

¿Qué es un Hominino? Conocemos así a los miembros de la línea evolutiva humana después de la separación con los chimpancés. Incluye a los humanos modernos y a todos los parientes extintos más cercanos a nosotros que a cualquier otro simio vivo. Homo erectus, Australopithecus y los misteriosos Homo naledi son todos homininos.
¿Qué es un Homínido? Esta es una categoría más amplia, la familia Hominidae. Incluye a los humanos, los chimpancés, los gorilas y los orangutanes, además de sus parientes fósiles. En divulgación, «hominino» y «homínido» se confunden constantemente. No son lo mismo.
¿Qué es un Pitecántropo? Es el término histórico asociado a Pithecanthropus erectus, el nombre que usó Eugène Dubois cuando describió los primeros fósiles de Java en el siglo XIX. Hoy esos restos se clasifican dentro de Homo erectus. El término sigue apareciendo en textos populares, pero no es una categoría científica actual. Sin embargo, puede que te la encuentres hablando casi como sinónimo de homínido, aunque no lo sean.
Dicho esto, hay que dejar claro que los homininos que dejaron esos huesos quemados en Wonderwerk no eran humanos modernos. Probablemente tampoco tenían lenguaje articulado, ni capacidad simbólica visible en el registro arqueológico, ni una vida social que reconoceríamos fácilmente. Pero ya eran capaces, al parecer, de algo que ningún otro animal hace de forma sostenida: relacionarse con el fuego como si fuera un recurso gestionable, no un peligro del que huir.

Hace casi dos millones de años, antes de que existiera cualquier cosa que podamos llamar «humano moderno», ya había algo en esa cueva que se parecía a una decisión.

El rango que importa: no es una fecha, es una ventana
El titular de este artículo dice «casi 1,8 millones de años». Es preciso matizarlo. El rango publicado para el estrato 11 de Wonderwerk es de 1,07 a 1,79 millones de años, una ventana temporal de más de 700.000 años. Los autores argumentan que ciertos contextos estratigráficos y asociaciones de fauna apuntan hacia el extremo más antiguo del rango, pero el dato no puede presentarse como una fecha exacta. Lo que la ciencia puede decir, con la evidencia disponible, es que la combustión ocurrió en algún momento dentro de ese intervalo.

El estudio tampoco es el primero en señalar a Wonderwerk como candidata a albergar evidencia temprana de fuego. Trabajos anteriores sobre el mismo yacimiento, publicados en la última década, ya habían detectado señales de combustión en estratos comparables. Lo que esta investigación aporta es un protocolo metodológico más robusto, no invasivo, capaz de distinguir con mayor fiabilidad el fuego real del ruido tafonómico. La diferencia no está tanto en la antigüedad como en la solidez de la evidencia.

Lo que queda sin responder es la pregunta más difícil de todas: ¿cuánto tiempo tardaron esos homininos en pasar de transportar brasas a producir fuego de forma deliberada? Entre esos dos estadios puede haber decenas o cientos de miles de años de historia que el registro fósil de la evolución humana todavía no ha alcanzado a mostrar con claridad. La arqueología del fuego sigue siendo, en ese sentido, una ciencia de silencios.