Un estudio ha localizado por fin la fase más desconocida de estos “fósiles vivientes” y revela que su vida en el océano era mucho más extraña de lo que se pensaba.

En las aguas oscuras del Pacífico tropical, donde la luz apenas logra filtrarse, sobreviven unos animales que parecen ajenos al paso del tiempo. Sus conchas en espiral, casi idénticas a las de sus antepasados fósiles, los han convertido en iconos de la evolución lenta, casi inmóvil. Pero esa imagen, tan repetida en libros y documentales, empieza a resquebrajarse.
Durante décadas, científicos de distintas disciplinas han tratado de comprender cómo estos cefalópodos —los nautilos y sus parientes cercanos— han logrado persistir durante más de 500 millones de años. Su longevidad evolutiva los ha situado en una categoría casi mítica: la de los llamados “fósiles vivientes”. Sin embargo, nuevas investigaciones están obligando a replantear esta etiqueta.
Tal y como ha revelado un estudio reciente publicado en Scientific Reports, liderado por el biólogo Peter D. Ward, estos animales no son simples reliquias del pasado, sino organismos profundamente adaptados a condiciones muy específicas del océano moderno. Y esa adaptación, lejos de ser estática, ha implicado cambios significativos respecto a sus ancestros.
Un mundo oscuro y escaso
El hábitat de estos cefalópodos se sitúa en la llamada zona mesofótica, entre los 200 y los 800 metros de profundidad. Se trata de un entorno donde la luz es tenue y los recursos alimenticios son limitados. En ese escenario, los nautilos han desarrollado una estrategia de supervivencia basada en el movimiento constante y en una dieta oportunista.
Los datos obtenidos mediante telemetría acústica —dispositivos adheridos a sus conchas que registran profundidad y temperatura— muestran que estos animales recorren varios kilómetros al día. No permanecen quietos, se desplazan siguiendo contornos del fondo marino, explorando el terreno en busca de restos orgánicos.
Esta actividad constante no es casual. En un entorno donde la comida escasea, detenerse puede significar no alimentarse. Además, mantenerse en movimiento podría reducir el riesgo de depredación, especialmente en un ecosistema donde los grandes peces han disminuido por la presión pesquera.
Pero lo más llamativo no está en su comportamiento diario, sino en algo que durante años había pasado desapercibido: su ciclo vital.
