Un estudio reveló que beber dos tazas de café o té, que tenga cafeína, puede ayudar a evitar el desarrollo de demencia. Además, señalan que mejora la sensibilidad a la insulina.

La lucha contra el Alzheimer y otras formas de demencia ha encontrado un aliado inesperado en uno de los hábitos más cotidianos y placenteros de la población mundial: la pausa para el café. Dada la limitada eficacia de las terapias actuales, la prevención temprana a través de factores modificables se ha convertido en la prioridad absoluta de la ciencia moderna. En este contexto, un estudio original publicado recientemente en la revista JAMA ofrece la evidencia más robusta hasta la fecha sobre el impacto positivo del café y el té en la salud cognitiva a largo plazo.
La investigación, liderada por expertos del Hospital Brigham and Women’s y la Escuela de Salud Pública de Harvard, no tiene precedentes por su escala y duración. Analizó los datos de 131.821 participantes (86.606 mujeres del Nurses’ Health Study y 45.215 hombres del Health Professionals Follow-up Study) con un seguimiento que se extendió hasta los 43 años. Esta ventana temporal permitió a los científicos observar cómo el consumo sostenido de estas bebidas influye en el cerebro desde la mediana edad hasta la vejez avanzada.
El «punto óptimo» de consumo: dosis y resultados clave
El estudio documentó un total de 11.033 casos de demencia incidente durante el periodo de seguimiento. Tras ajustar múltiples factores de confusión, como la dieta, el ejercicio y el tabaquismo, los investigadores identificaron una asociación inversa clara: a mayor consumo de café con cafeína, menor riesgo de enfermedad.
Los datos revelan que existe un «punto dulce» de consumo para obtener la máxima protección. Según el análisis de dosis-respuesta, los beneficios más pronunciados se observan con entre 2 y 3 tazas de cafeína al día o entre 1 y 2 tazas de té al día.
Para quienes se sitúan en el cuartil más alto de consumo de café, el riesgo de desarrollar demencia fue un 18% menor en comparación con quienes apenas lo consumen. En el caso del té, el riesgo se redujo en un 14% para los consumidores habituales.
Más allá de la prevención: mejoras en la función cognitiva objetiva
Uno de los pilares de este estudio es que no solo se centró en el diagnóstico clínico de demencia, sino que evaluó el continuo del deterioro cognitivo a través de pruebas exhaustivas. Los investigadores midieron dos variables adicionales de gran valor:
Deterioro cognitivo subjetivo (SCD). Los participantes que consumían más café informaron de menos fallos de memoria percibidos y una mejor función ejecutiva. La prevalencia de este deterioro fue del 7,8% en los grandes consumidores frente al 9,5% en los no consumidores.
Función cognitiva objetiva. A través de la Entrevista Telefónica para el Estado Cognitivo (TICS), se comprobó que los bebedores de café tenían un rendimiento significativamente mejor. La diferencia en las puntuaciones equivale a tener un cerebro aproximadamente 0,6 años más joven que el de una persona de la misma edad que no consume cafeína.
El misterio del descafeinado: ¿por qué no protege igual?
Una de las conclusiones más llamativas de la investigación es que el café descafeinado no mostró ninguna asociación significativa con la reducción del riesgo de demencia. Este hallazgo es fundamental porque apunta directamente a la cafeína como el principal agente neuroprotector.
Aunque el café contiene otros compuestos bioactivos como los polifenoles, que reducen el estrés oxidativo, parece que es la cafeína la que ejerce la acción preventiva más potente. Los científicos sugieren que la cafeína actúa como un antagonista de los receptores de adenosina A1 y A2A, lo que ayuda a modular la transmisión sináptica y, lo más importante, atenúa la acumulación de beta-amiloide (Aβ), la proteína cuya acumulación es característica de la enfermedad de Alzheimer.
Genética y estilo de vida
Muchos pacientes se preguntan si su predisposición genética puede anular los beneficios de una buena dieta o hábitos saludables. El estudio de Harvard aporta una noticia esperanzadora: la protección del café y el té es independiente de la predisposición genética. Esto incluye a los portadores del gen APOE4, el factor de riesgo genético más importante para el Alzheimer, quienes también mostraron beneficios por el consumo moderado de cafeína.
Además, el efecto protector se mantuvo firme tras considerar la calidad global de la dieta y otras enfermedades como la hipertensión o la diabetes tipo 2. Curiosamente, las asociaciones fueron más fuertes en personas menores de 75 años, lo que sugiere que la cafeína puede tener un papel predictivo y preventivo más potente cuando se consume de forma habitual en las etapas previas al inicio del declive cognitivo severo.
Salud Pública y equilibrio
A pesar de la contundencia de los datos tras 43 años de seguimiento, los autores mantienen una cautela profesional. Al ser un estudio observacional, no se puede afirmar con total rotundidad una relación de causa-efecto. Además, advierten que el metabolismo de la cafeína tiene límites fisiológicos y que una ingesta excesiva (más de 5 tazas) podría aumentar la ansiedad o afectar la calidad del sueño, neutralizando los beneficios.
En conclusión, para la gran mayoría de los adultos, el gesto de disfrutar de un par de tazas de café o té al día no es solo una rutina social o un estimulante para el trabajo, sino una estrategia de salud pública accesible, barata y placentera para proteger la integridad de nuestra mente a medida que envejecemos.