Una nueva obra de la UNAM revela cómo esta práctica prehispánica, que combinó política, religión y deporte, resistió la prohibición española y hoy florece incluso en Estados Unidos.

Ni la espada de la Conquista ni el paso de más de 3,000 años lograron apagar el bote de la pelota de hule en Mesoamérica. Lejos de ser un vestigio extinto, el juego de pelota prehispánico se mantiene como una tradición viva, compleja y en constante evolución, según revela el nuevo libro El juego de pelota mesoamericano: Temas eternos, nuevas aproximaciones.
Editado por la reconocida historiadora María Teresa Uriarte Castañeda y publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), este volumen de 351 páginas desmonta mitos populares y analiza la enorme trascendencia multidimensional de esta práctica.
“Fue tanto ceremonia religiosa, herramienta política y deporte, como una actividad económica”, explicó Uriarte Castañeda en entrevista, destacando que su complejidad trasciende por completo las comparaciones occidentales con el futbol moderno.
Un puente entre el pasado y la migración moderna
La obra reúne la investigación de destacados especialistas —como Eduardo Matos Moctezuma, Alfredo López Austin, Erik Velázquez García y Osvaldo Chinchilla, entre otros— y surge como la continuación de un esfuerzo editorial iniciado en 1992, motivado por las distintas variantes del juego que aún se practican en estados como Sinaloa.
Contario a la creencia popular de que el juego desapareció con la colonización, la especialista enfatiza que la prohibición española no hizo más que asegurar su permanencia. Hoy en día, la tradición no solo sobrevive en México a través de múltiples variantes (jugadas con la cadera, el antebrazo o el pie), sino que ha cruzado fronteras.
Actualmente, el mayor núcleo de jugadores de pelota mixteca no se encuentra en territorio nacional, sino en la localidad de Salinas, California, gracias a la comunidad migrante oaxaqueña que llevó consigo esta herencia cultural a los Estados Unidos.
Desmitificando la cancha: política, apuestas y el honor de morir
La investigación también arroja luz sobre algunos de los mitos más arraigados de esta práctica arqueológica y ritual:
- ¿Se sacrificaba al ganador? La evidencia histórica apunta a lo contrario. Los testimonios sugieren que el ejecutado era el perdedor. El juego se utilizaba frecuentemente como un mecanismo de control político: un gobernante dominante invitaba al sometido a un partido diseñado para que este último perdiera, ofreciéndole así una muerte honorable ante la sociedad.
- No era solo un ritual: Al momento de la llegada de los españoles, la actividad ya tenía un fuerte componente lúdico. Era una práctica de la nobleza donde se entrenaba rigurosamente y se realizaban apuestas.
- La elasticidad que maravilló a Europa: Las pelotas mesoamericanas de hule natural, constantemente hidratadas, causaron asombro entre los cronistas del siglo XVI, cuyas pelotas europeas de cuero cosido carecían de tal dinamismo y rebote.
Tres mil años de evolución constante
Las evidencias físicas más antiguas de esta práctica no provienen de códices o representaciones pictóricas, sino de vestigios arqueológicos. Se han recuperado pelotas de hule que datan del 1800 a.C., pertenecientes a la civilización olmeca, en sitios veracruzanos como La Merced (cerca del Manatí).
La evolución del juego a lo largo de tres milenios implicó marcadas diferencias regionales y temporales. Mientras que urbes mayas como Cobá, en Quintana Roo, cuentan con canchas formales desde hace más de dos mil años, otras ciudades costeras contemporáneas como Tulum carecen de ellas. Asimismo, relieves en Dainzú (Oaxaca) y cerámicas en El Opeño (Michoacán) demuestras cuán distinta era la indumentaria y las reglas en cada rincón de Mesoamérica.
El libro editado por la UNAM se presenta así como una lectura indispensable para entender que el juego de pelota no es una pieza estática de museo, sino un legado dinámico que hoy, en pleno siglo XXI, continúa escribiendo su propio camino en la cancha de la historia.
