LA FURIA DE LAS LLUVIAS EN AGUACATE DE VINAZCO NO RESPETÓ NI A LOS MUERTOS

Las crecidas desenterraron ataúdes y dejaron a la comunidad incomunicada, sin luz ni alimentos. Vecinos se organizan ante la lenta respuesta oficial.

En esta pequeña comunidad del municipio de Álamo, la fuerza de la naturaleza no tuvo reparos ni con los vivos ni con los muertos. La intensa tromba que azotó la región la semana pasada desbordó el río Vinazco y arrasó con lo que encontró a su paso, incluyendo parte del panteón local, de donde fueron arrancados varios ataúdes que terminaron esparcidos a kilómetros de distancia.

Uno de estos féretros fue localizado apenas ayer, aún con el cuerpo dentro, a unos 15 o 20 kilómetros del lugar original, cerca del pueblo de La Soledad. La recuperación no fue sencilla: el puente que conecta Aguacate con la carretera colapsó hace días, por lo que el ataúd tuvo que ser transportado primero por una retroexcavadora y luego por una decena de hombres, quienes cruzaron una improvisada escalera de madera para devolverlo a su tumba.

Otros dos cuerpos no corrieron con la misma suerte. Según relató el comandante Ricardo González Martínez, uno de los féretros quedó atorado entre una palizada, mientras que el otro cadáver fue hallado sin ataúd, fragmentado por la violencia del agua.

Aguacate de Vinazco no sólo enfrenta la tragedia de los cuerpos desplazados. Sus casi 400 habitantes viven sin electricidad, sin agua potable, sin comunicación y con severa escasez de alimentos desde hace casi una semana.

“El Ejército nos trajo unas tortas y agua, pero lo que necesitamos es cal, cloro, veladoras, colchonetas… Estamos casi sin víveres”, lamenta una de las vecinas del pueblo, mientras reparte lo poco que queda en el albergue improvisado a orillas del río.

El dirigente comunitario Armando Hernández González, quien encabeza una brigada de protección civil formada por voluntarios, señala que la ayuda oficial ha sido escasa e intermitente. Sin embargo, destaca que gracias a la vigilancia que mantuvo durante la tormenta y al repique a tiempo de la campana del pueblo, no se registraron víctimas mortales.

“Ya pasaron varios días, y seguimos igual”, afirma con resignación. “Lo único que tenemos es la experiencia que da la vida. Pero aquí seguimos, ayudando como se puede.”

La frustración entre los pobladores es palpable. Para muchos, la ayuda no ha llegado con la rapidez ni la contundencia que se requiere. Victoriano Segura, exmilitar y habitante del vecino Ojital La Guadalupe, no esconde su molestia.

“La gobernadora debió emitir la alerta roja desde el principio. Tienen aviones, helicópteros… ¿por qué tanto trámite? Esto no es burocracia, es humanidad”, reprocha.

Mientras tanto, lo que no cubren las instituciones lo hacen los civiles. Ayer, brigadas de pueblos vecinos como Ojital La Guadalupe y Nuevo México caminaron durante horas para llegar a Aguacate y comenzar la limpieza del lodo en las casas afectadas. Entre ellos, Demetrio Martínez lidera a un grupo de 40 personas.

“También nosotros lo perdimos todo, pero venimos a ayudar porque nuestros hermanos no tienen ni casa ni comida”, dice con la voz entrecortada. “Si hay que regresar mañana, regresamos. No paramos hasta dejar limpio Aguacate.”

En el albergue provisional, el epicentro de la organización y reparto de víveres, Rosa Cruz mantiene el control en medio del caos. Registra nombres, distribuye comida y organiza turnos. Su tarea es clave para mantener el orden en un lugar donde, más allá de la devastación, aún queda algo fundamental: la solidaridad.

“Aquí todos reciben comida y se protege primero a los niños y a los mayores”, explica. “Nos toca enchilada, pero a todos por igual.”

Mientras la comunidad se levanta con sus propias manos, sigue esperando una respuesta más decidida por parte de las autoridades. Aguacate de Vinazco resiste, pero no puede hacerlo solo por mucho más tiempo.